“Avenida Alcorta, cicatriz…”

Publicado el 12 September 2011
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Oscura monónota sangre, Sergio Olguín, Tusquets, 2009, (192 páginas)

. Oscura monótona sangre



No es casualidad que entre los miembros del jurado que otorgase el premio Tusquets 2009 a esta novela se encontrara el escritor Juan Marsé. Esta aseveración se patentiza mediante las filiaciones que podrían establecerse entre Últimas tardes con TeresaOscura monótona sangre, ya sea por su temática o por la pretendida objetividad de sus escrituras al servicio de la historia que se narra: el conflicto de clases canalizado en la obsesión de sus protagonistas.

Julio Andrada es un exitoso empresario porteño que viaja en coche diariamente, -del centro a la periferia-, hacia su fábrica, tomando la avenida Amancio Alcorta. Avenida que es límite entre esos dos polos sociales y, a decir de sus conocidos, algo insegura, dado que bordea las zonas pobres de la ciudad. Sin embargo, para él, este viaje por los barrios periféricos lo obliga a recordar su procedencia humilde y su intrínseca condición de hombre que se ha hecho a sí mismo, sorteando las adversidades de un destino que lo habría predestinado a la pobreza. Un mediodía, almorzando en una parrilla al paso, escuchando por casualidad a unos camioneros, se entera de que por la noche, en la avenida Alcorta, chicas menores de edad se prostituyen. Sin saber bien por qué, aunque acuciado por una vida monótona y una relación matrimonial insípida, acude al lugar donde conoce a Daiana, una quinceañera por la que se obsesiona. A partir de aquí, el relato adscribirá al registro policial, donde las circunstancias se tiñen -como es de esperarse-, de marrón oscuro a negro y crecen a ritmo vertiginoso, pero llevadas sin alarde de oficio mediante una escritura concisa, directa.

Entre otras cuestiones, me resulta ineludible no dejar de leerla en relación con En la sangre (1887), de Eugenio Cambaceres, pese a la distancia temporal  y a sus diferencias ideólogicas. Por una parte, Andrada y Genaro comparten la memoria de sus orígenes humildes y, pese a sus diferentes motivaciones por ascender socialmente, una vez que han llegado a lo alto, ambos son consumidos por un sentimiento de impunidad que es su ruina. Por otra, es significativo que la visión del otro como amenaza latente (sea inmigrante y/o pertenezca al fondo del estrato social), continúe siendo un estigma vigente por el que se polariza a la sociedad argentina (véase en relación El hombre de al lado).

Sin embargo, el mérito de Olguín, no radica sólo en observar esto, sino que se encuentra en el hallazgo del calvario de Andrade: el drama humano de un tipo común, de un antihéroe que, movilizado por el deseo de posesión -revivido por Diana, a quien, consecuentemente encierra en su fábrica-, arrastra hasta el final su propia cruz repleta de contradicciones.

No es casualidad que entre los miembros del jurado que otorgase el premio Tusquets 2009 a esta novela se encontrara el escritor Juan Marsé. Esta aseveración se patentiza mediante las filiaciones que podrían establecerse entre Últimas tardes con TeresaOscura monótona sangre, ya sea por su temática o por la pretendida objetividad de sus escrituras al servicio de la historia que se narra: el conflicto de clases canalizado en la obsesión de sus protagonistas.

Julio Andrada es un exitoso empresario porteño que viaja en coche diariamente, -del centro a la periferia-, hacia su fábrica, tomando la avenida Amancio Alcorta. Avenida que es límite entre esos dos polos sociales y, a decir de sus conocidos, algo insegura, dado que bordea las zonas pobres de la ciudad. Sin embargo, para él, este viaje por los barrios periféricos lo obliga a recordar su procedencia humilde y su intrínseca condición de hombre que se ha hecho a sí mismo, sorteando las adversidades de un destino que lo habría predestinado a la pobreza. Un mediodía, almorzando en una parrilla al paso, escuchando por casualidad a unos camioneros, se entera de que por la noche, en la avenida Alcorta, chicas menores de edad se prostituyen. Sin saber bien por qué, aunque acuciado por una vida monótona y una relación matrimonial insípida, acude al lugar donde conoce a Daiana, una quinceañera por la que se obsesiona. A partir de aquí, el relato adscribirá al registro policial, donde las circunstancias se tiñen -como es de esperarse-, de marrón oscuro a negro y crecen a ritmo vertiginoso, pero llevadas sin alarde de oficio mediante una escritura concisa, directa.

Entre otras cuestiones, me resulta ineludible no dejar de leerla en relación con En la sangre (1887), de Eugenio Cambaceres, pese a la distancia temporal  y a sus diferencias ideólogicas. Por una parte, Andrada y Genaro comparten la memoria de sus orígenes humildes y, pese a sus diferentes motivaciones por ascender socialmente, una vez que han llegado a lo alto, ambos son consumidos por un sentimiento de impunidad que es su ruina. Por otra, es significativo que la visión del otro como amenaza latente (sea inmigrante y/o pertenezca al fondo del estrato social), continúe siendo un estigma vigente por el que se polariza a la sociedad argentina (véase en relación El hombre de al lado).

Sin embargo, el mérito de Olguín, no radica sólo en observar esto, sino que se encuentra en el hallazgo del calvario de Andrade: el drama humano de un tipo común, de un antihéroe que, movilizado por el deseo de posesión -revivido por Diana, a quien, consecuentemente encierra en su fábrica-, arrastra hasta el final su propia cruz repleta de contradicciones.

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