“Contra el viento del norte” de Daniel Glattauer (Alfaguara, 2010)

Publicado el 10 June 2010
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Fue la casualidad, sólo la casualidad, la que me llevó a leer esta obra que Alfaguara ha publicado recientemente -2010- del vienés Daniel Glattauer. Dicen que, en Europa, recién salida al mercado, arrasa en librerías y es objeto de comentarios entre editores y lectores. Reconozco que los libros que tratan temas actuales no me gustan demasiado, pero con la obra Contra el viento del norte, ese es el título, he hecho una excepción por una razón: la trama me parecía al menos curiosa, novedosa. Después de su lectura he concluido que quizás el motivo de su éxito no radique en el propio libro, no, dado que la prosa, al menos a mí, no me resultó especialmente brillante, ni digna de destacar. Lo particular del mismo pudiera estar en que presenta los textos a modo de correos electrónicos, como un diario, narrando la relación que surge entre dos personas (un hombre y una mujer) que se envían e-mails, por una confusión o error inicial, y acaban siendo más que amigos, terminan necesitándose de forma que roza el paroxismo. ¿Qué deducimos? ¿quizás internet engancha? ¿los correos electrónicos crean adicción? ¿cubren los mensajes las necesidades de afectos personales? ¿es la intriga lo que nos lleva a querer saber más de algo o alguien? Puede que sea cierto o tal vez no se trata de nada de lo comentado anteriormente, a lo mejor estamos simplemente ante el descubrimiento de que necesitamos hablar más, comunicar mejor, escribir a tiempos, relatar nuestras vivencias, comprender situaciones, que otros nos escuchen, explicar ciertos motivos, narrar algunas historias o contar determinadas anécdotas. Y la culpa radica en el verbo, en la palabra, a la que relegamos en ocasiones, sin saber que en ella se halla la solución a muchos problemas actuales, los de todos, los de cada uno de nosotros, que bien pudiéramos ser Emma (Emmi) o Leo, los encantadores protagonistas de la novela, que un día -por error- empiezan a mandarse mensajes y acaban irremediablemente atraídos gracias a una máquina –que sin tener corazón-, logra unir el de ellos sin solución de continuidad. De hecho hay una segunda parte preparada, lo dicho…sin solución de continuidad.

Fátima Hernández

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