El eco de Umberto, un maestro en Bolonia

Publicado el 14 April 2010
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Cada vez que la observo, resistente y delicada; original, peculiar, exquisita…no dejo de recordar la última vez que estuve en Bolonia donde se encuentra la Universidad más antigua del mundo occidental e inventaron la mortadela. La ciudad del norte de una Italia bella, clásica, a veces confusa, díscola en ocasiones, complaciente, disidente, religiosa siempre, ácrata por situaciones, tradicional por estilo, moderna por necesidad, artística, innovadora, variable…. Todavía inhalo los olores de sus mercadillos, de los pequeños comercios que se ocultan en los vericuetos de las callejuelas angostas, que circundan la zona histórica. Aún me llegan, sí, me llegan, las percibo, cierro los ojos e inspiro esencias de verduras y frutas variadas y frescas; recién arrancadas -con mimo pero constancia- de un campo italiano que sorprende por ser más verde de lo que se espera. Juntas, arremolinadas, se exponen con descaro ante la gente, provocadoras, haciéndose notar por sus fragancias y sus sabores deliciosos, profundos… diversos. Son numerosas las pequeñas tiendas que ofertan viandas coloristas y sabrosas, refugiadas en cestas de mimbre viejo y raído, con las que se hace la intensa salsa, la Bolognesa, compañía siempre inseparable de una pasta considerada universalmente alimento saciante y tierno. Recorro la Bolonia universitaria y señorial, la de plazas, torres altivas de ladrillo rojizo, la que veía extrañada cómo un personaje pintoresco y serio, exquisitamente culto, la miraba con arrojo para después hacer apología de ella. El profesor que la hizo más bella y más conocida de lo que en realidad ya era y que acabó por elevarla a la categoría de diosa, lo mismo que dios es el Neptuno que domina la maravillosa fuente de una de sus principales plazas, y que obliga a detener un recorrido lento y nostálgico por los monumentos. Miro mi pequeña libreta, me recreo en su encuadernación de otrora, como si tuviese mi personal ex libris grabado a fuego, y me enamoro de su dibujo dieciochesco sobre tela ruda pero agradable. Ya la considero mi tesoro imprevisto, el que se encuentra -sin querer- dentro de una agenda programada de paseos, visitas y descubrimientos. Estaba casi oculta en una discreta librería -oscura y camuflada- del centro; era insignificante y humilde, distinta de las otras, de las que eran iguales al conjunto, las que se negaban a ser diferentes. Ella destacaba, sí, y me atrapó. Allí pondría ahora mis notas, mis apuntes, mis sueños…aquello que quería rescatar para mi memoria, plasmar en escritos, susurrar a los amigos, difundir al Universo. Ahora la guardo, la escondo, la protejo en una fortificada cómoda de casa, para que cada vez que la roce, que la añore, que quiera tenerla cerca, que la acaricie como se merece, aprecie las mismas sensaciones que ahora yo transmitirles –al menos- intento. La urbe se muestra silenciosa y tranquila en estío; insinuante en invierno, a veces fría y distante como es –en ocasiones- el mundo del pensamiento; y me pierdo entre estatuas, pero al tiempo miro las ventanas resistentes que decoran edificios añejos, por las que a buen seguro se asomará el maestro, aquel que nació cerca de Turín pero que se enamoró pasionalmente de ella; las mismas vidrieras en las que pierde su mirada para ver el infinito horizonte de su mundo, que es el nuestro; para pensar y luego explicar que es lo suyo. Y creo escucharle hablar sobre tragedias de un mundo medieval despiadado que ocultaba crueldades en monasterios. Allí se aniquilaba sin remordimientos almas inocentes e ingenuas para placer de unos perversos (El nombre de la rosa) Y oigo las voces que transmiten misterios de péndulos, conspiraciones y acontecimientos (El péndulo de Foucault). Al tiempo veo que quiere perderse en una isla extraña (La isla del día antes) o se marcha al Medievo de nuevo porque no ha terminado de comprenderlo (Baudolino) Elogia la belleza a la que es tan sensible (Historia de la belleza) o comenta sucesos de una reina llamada Luana (La misteriosa llama de la reina Luana) Tiempo después describe, a su manera, la fealdad para la que guarda también un espacio anexo (Historia de la fealdad) Y aprendo del profesor que opina de Lengua, de Literatura, que reflexiona sobre Política, Humanidades, Sociología…que cuenta, que narra, que atrapa, que… enseña. Cada vez que paseo por Bolonia, escucho su eco, sí, sí, lo siento, lo intuyo, lo detecto, como se percibe casi a la fuerza, sin quererlo, el espíritu de… todos los genios.

Fátima H.

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