FE EN LA CIENCIA EN LA ESPAÑA DE LOS NOVENTA

Publicado el 19 September 2014
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650_AL74151.jpgLa novela de Ray Loriga, Tokio ya no nos quiere, centrada en una continua persecución del olvido, al menos en su primera parte, contiene una lectura muy interesante, tanto del peso del la memoria histórica en la sociedad española, como del papel que está jugando la ciencia en esa sociedad en los últimos tiempos.

Resulta muy difícil hacer un análisis de los valores colectivos de una sociedad sin un alto grado de especulación. Una de las estrategias que pueden evitar esa especulación es la postulada por Bruno Latour en Reassembling the Social. En ese texto, en una conversación ficticia entre un alumno y un profesor especialista en la teoría Actor-Red, Latour afirma que la única forma de hacer una análisis conciso de este tipo de problemas sociológicos es la mera descripción (146). Y es a partir de ese recurso como se puede hacer una lectura muy significativa del uso de la ciencia en la novela de Loriga. Para empezar, con la fe que el protagonista tiene en la química durante la primera parte de la novela, y que contrapone a la memoria: “¿No es estúpida esa fe que la gente deposita en el pasado, como si el pasado fuera más cierto que el presente y el futuro?” (16)

En este sentido, el autor se alinearía con la segunda opción, la del presente y el futuro, pues Tokio ya no nos quiere es una novela posmoderna con muchos préstamos de la ciencia ficción y en donde la química aparece como uno de esos préstamos. En un futuro cercano, una serie de productos químicos permiten al narrador olvidar su pasado y sumergirse en un mundo caótico que acoge la desorientación de un hombre sin recuerdos en un entorno de no lugares en el sentido que les da Augé en Los no lugares. Espacios de anonimato: una antropología de la sobre modernidad. Ese recurso, propio de la prospección que domina el género CF, se acompaña de un mensaje positivo por parte del narrador: “Todo avanza. Es el signo de los tiempos” (84) o “La historia corre más despacio que la ciencia” (124), incluso cuando sus consecuencias no son tan positivas y tiene que se hospitalizado en una clínica de Berlín. Precisamente, ante las explicaciones del médico al narrador, este no puede más responder expresiones como: “Gracias. Ahora ya me siento mejor” (93), o: “Da gusto ver como ilumina con sus imágenes el pozo de mi desconcierto. Con qué respeto le miran todos”(128).

La imagen que en un principio el narrador tiene del doctor es muy positiva: “Qué bien vestidos van los médicos con sus elegantes trajes bajo las batas y qué expresión de tranquila esperanza. De fe”(95). Y es precisamente fe lo que se transmite en todo el texto. Una fe religiosa en la ciencia que se contrapone a la fe que los españoles tienen por la memoria: “¿Qué demonios mantiene a España clavada en la fe del pasado?” (134). Una fe que se entronca con la culpa con la religión, en definitiva, con los valores arcaicos. Es en este punto donde resulta útil el modelo descriptivo que propugna Latour. Con la mera descripción de la perspectiva del narrador se ha podido expresar un cambio de al menos una parte de la sociedad española respecto a la ciencia mediante un producto cultural (una novela), sino fuera así, el personaje del narrador parecería inverosímil, cosa que no sucede. Resulta más difícil extrapolarlo a un valor social generalizado o absoluto, pues el propio autor se distancia del narrador—no fiable, por cierto—al darle un tono irónico a ese papel de la ciencia: los científicos no tratan de curar al narrador, sino que tratan de saber si ingirió unos productos químicos que la compañía considera muy valiosos. En realidad la ciencia trabaja para la corporación, una visión ciberpunk que conlleva un cambio en el tono del narrador, que se vuelve más desconfiado e irónico conforme aumentan las invasiones de su intimidad mental: “Hemos avanzado mucho, sin duda, pero no hemos llegado muy lejos” (127), y que se acentúa en el desenlace final con el desencuentro con el doctor Krumper.

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