LA AMBIVALENCIA DEL INDIO GARCILASO

Publicado el 24 October 2014
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garcilasoPara superar la controversia entre la admiración por la estructura sociopolítica del imperio Inca y el rechazo que supone su idolatría para cronistas como Cieza de León o Polo de Ongardo, el indio Garcilaso, utiliza en sus Comentarios reales varias estrategias argumentativas de las que destacaré dos en este post.

La primera de ellas la encontramos en el capítulo XXV del libro primero. En él, de forma meridiana, el autor justifica la idolatría en torno a los Hijos del Sol incaicos a partir de un argumento propio de la antropología religiosa. Así, cuando explica los hechos que rodearon a la figura de Manco Cápac como el fundador de la dinastía incaica y del culto al sol, después de explicar cómo se despide Marco Cápac de sus hijos y otros familiares, y cómo funda el culto al sol como padre de todos ellos, Garcilaso justifica la escena afirmando que Marco Cápac “debió ser algún indio de buen entendimiento, prudencia y consejo” (56) que “vio la necesidad que tenían [los indios] de doctrina y enseñanza para la vida natural, y con astucia y sagacidad, para ser estimado, fingió aquella fábula, diciendo que él y su mujer eran hijos del Sol, que venían del cielo y que su padre los enviaba para que doctrinasen y hiciesen bien a aquellas gentes” (56), y a partir de este razonamiento justifica el culto al sol que se organiza en la sociedad inca. Esta estrategia, propia de un religioso, muestra que la idolatría en este caso es necesaria para conseguir una organización sociopolítica adecuada. Sería una justificación social de la religión, y el único error, a diferencia de lo que opinan Cieza y Polo, sería el objeto de veneración. Es decir, el argumento de Garcilaso sería cercano al de Las Casas cuando opina que la religiosidad en los indígenas es algo admirable, pero que equivocan el culto. Sin embargo, dada la continua mención a sacrificios humanos y el énfasis que Garcilaso imprime al carácter civilizatorio de la sociedad incaica en este aspecto, se observa cierta ambivalencia y sentimiento de inferioridad frente al cristianismo español, por parte de una persona orgullosa de tener sangre inca, en esta justificación antropológica.

Este orgullo se observa de una forma más clara en la segunda de sus estrategias justificatorias, que ilustraré analizando el capítulo II del libro segundo de Garcilaso, y que no es otra que el lenguaje. El autor deja claro que cronistas como Cieza malinterpretan nombres claves para comprender la cosmovisión incaica, como el de Pachacámac, al que Garcilaso equipara con Dios porque Pacha apela a mundo/universo y cámac es el participio del verbo cama, que significa animador. Así, Pachacámac es el animador del mundo, y no el diablo que afirma Cieza, al que nombra como Zúpay por conocer bien la lengua indígena, que le es propia. En este sentido, el autor critica los nombres utilizados por los historiadores españoles “porque o no son del general lenguaje, o son corruptos con el lenguaje de algunas provincias particulares o nuevamente compuestos por los españoles” (63). Esta razón eminentemente lingüística que Garcilaso alega contra la incomprensión de los cronistas españoles, que la traducen por idolatría, puede observarse en capítulos posteriores del segundo libro, como en el caso de los huacas. Garcilaso está muy de acuerdo con Las Casas en el hecho de pensar que los incas habían desarrollado una religiosidad próxima a la cristiana, ambos apelan incluso a un análisis del lenguaje para comprender los términos de la cosmología incaica. Sin embargo, de nuevo en línea lacasiana, también la justifica como un producto de la intervención del demonio en algunos casos (62), que causa confusión e idolatría entre los indígenas, pese a que este no sea un argumento exclusivo de Las Casas, pues Cieza también lo utiliza para describir el engaño en el que viven los Incas con motivo de su análisis de las prácticas enterratorias incaicas.

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