“Las damas del laboratorio” (Ed. Debate, 2006) 1ª parte

Publicado el 30 November 2010
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Me resulta complejo escribir sobre este libro que he seleccionado y, con su permiso, voy a utilizar dos entradas (lo entenderán). Quiero recuperar algunos casos de mujeres que han destacado en la vida científica. Porque todos conocemos, de manera más detallada, aquellas que han sobresalido como guerrilleras, heroínas, espías, exploradoras o aventureras sobre todo en época victoriana, que han estado envueltas en entornos dramáticos, románticos o heroicos, pero el caso de las científicas no ha sido tan difundido. Casi de soslayo, gracias a la cinta Ágora de Amenábar, nos hemos reencontrado con Hipatia (siglo IV), matemática y astrónoma, hija del sabio Teón, que provocó tal cúmulo de envidias por su visión de las ciencias, que fue asesinada brutalmente en Alejandría cuando sólo contaba 45 años. Ultrajada, por sus conocimientos, en un mundo arcaico que a algunos se nos antoja erróneamente brutal, es una de las pocas figuras que se han sacado de esa penumbra intensa donde se hallan recluidas algunas de las mujeres más brillantes de todas las épocas. Quizás una de las más antiguas sea la babilónica Tapputi-Belatekallim, que dicen fabricaba perfumes 1.200 años antes de C., dirigiendo el “laboratorio” de cosméticos y ungüentos del Palacio Real de Babilonia. También la mujer de Pitágoras, Teano, era matemática y médica y Aspasia, la esposa de Pericles, fue profesora de retórica. Durante la Edad Media, las boticarias y galenas tuvieron un papel algo más extraño. No hay que olvidar que las abadías y los conventos se hallaban algo olvidados por los caminos agrestes y polvorientos, en una época que no tengo claro que fuera oscura, y se convirtieron en refugios del saber, donde a la luz de velones se experimentaba y se practicaban ensayos con materiales naturales (plantas aromáticas, barro, aceites, leche…). Cabe señalar el caso de Hildegarda de Bingen, que escribió nueve extensos tratados sobre historia natural (así se llamaba por entonces a la ciencia), considerados una auténtica maestría. Viajando en el tiempo, Madame Émilie de Chatêlet es una mujer muy interesante en la etapa del siglo XVIII, de hecho es una de mis figuras favoritas. Destacaba notoriamente en física y matemáticas, además de escribir obras científicas, y en sus salones se discutía sobre literatura, teatro, música o filosofía. Durante unos años fue amante de Voltaire, y en ese tiempo eran tales sus conocimientos y sus ganas de experimentar, que el propio pensador la admiraba de una forma intensa. Comentan que le decía por lo bajo…”Señora, habéis tomado un vuelo que no puedo seguir…” (galanteos de antes). Políglota brillante y apasionada de Newton, llegó a traducir y hacer fluir los conocimientos (sus Principia) desde Inglaterra hacia el resto de Europa. Menos conocida –aún- es la matemática María Andrea Casamayor, que nació en Zaragoza a principios del XVIII y es autora de una obra titulada Tirocinio Aritmético que, dadas las circunstancias, no tuvo más remedio evidentemente que firmar con un nombre masculino. Ya en el XIX, Florencia Bascom (1862, Massachusetts) fue una de las primeras geólogas en Estados Unidos, además sus colegas afirmaban que era una de las más importantes del país. Sin embargo, mientras estudiaba en la Universidad la obligaron a sentarse detrás de una gran pantalla en la esquina del aula, para no perturbar a los estudiantes varones, y su admisión -en el programa de doctorado- tuvo que hacerse en secretoCONTINUARÁ

Fátima Hernández Martín

Casado Ruiz de Lóizaga, Mª José (2006). Las damas del laboratorio (mujeres científicas en la historia). Ed. Debate, 293 pgs.

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