PASADIZOS CULTURALES

Publicado el 7 November 2014
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alarconEn el capítulo II del primer tratado de su libro, Tratado de las idolatrías, Ruiz de Alarcón utiliza las huacas peruanas para imbricarlas en su discurso de denuncia de las idolatrías nahuas, y analiza así su presencia en el territorio nahuatl en que se mueve. Lo hace porque a su juicio se trata de un tipo de sortilegios propios de curanderos, por cuanto las critica abiertamente. Ruiz de Alarcón habla de las huacas peruanas como lugares y objetos de adoración, y afirma que en el caso mexicano “los indios por las tales Huacas tienen los cerros o manatiales, ríos, fuentes, o lagunas donde ponen sus ofrendas en días señalados” (29) y se extiende en las páginas posteriores del capítulo, en su búsqueda y persecución de esos objetos de adoración, que sacados de un escenario natural sagrado, van a poblar los altares de los indígenas. Pero lo más interesante de esta capítulo es la comparación de los supuestos elementos idólatras mexicanos con las huacas peruanas a partir de lo que ha leído “en el libro del Pirú referido” (30). Este préstamo de un concepto propio de la cultura inca a la nahua tiene tintes del universalismo lascasiano para analizar los credos de otras culturas, pero con connotaciones peyorativas, pues lo que está haciendo Ruiz de Alarcón es tratar de justificar la persecución de estas supuestas huacas a partir de la persecución que sufrieron en Perú. Es decir, trata de eliminar cualquier referencia a elementos mágicos o sagrados de la cultura indígena con la intención de preservar para el clero católico.

En todo caso, resulta muy significativo comparar el punto de vista de Ruiz de Alarcón sobre las huacas, con la defensa filológica que el Inca Garcilaso de la Vega hace del término huaca en el capítulo IV del segundo libro de los Comentarios reales. Garcilaso cita la traducción castellana de huaca por ídolo (66). Pero hace una relación más extensa del término, demostrando que entre los incas también sirve para designar cosas asombrosas (los gemelos) o dignas de veneración (las montañas), lo que podría equipararse con el uso que en la religión católica se hace de los santos o de ciertos objetos de culto, demostrando que los españoles hacen un uso limitado del término y no lo comprenden en toda su magnitud, considerándolo idolatría injustificadamente. Ruiz de Alarcón es aún más susceptible de esta crítica, pues utiliza la traducción limitada e imperfecta de un término de cierta cultura indígena y lo aplica a otra que en principio no tiene porque tener similitudes culturales con la primera.

 

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