UNAS NOTAS SOBRE LAS ‘CARTAS MARRUECAS’ DE CADALSO

Publicado el 23 January 2015
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cadalsoAunque se trata de un libro con una gran carga ilustrada por las preocupaciones sobre la modernización del país, el texto ofrece fisuras que ya anticipan el proyecto futuro de Cadalso, y que trataré de exponer en este escrito.

Para empezar, el formato y la estructura de la obra ya son peculiares. Se trata de un texto epistolar, muy común en el siglo XVIII para tratar temas morales, en donde la equidistancia en los juicios de los personajes resulta fundamental. El formato epistolar se justifica en el prólogo como el más adecuado para ejercer la crítica, y lo entronca con El Quijote de Cervantes por su carácter satírico. El libro cubre la correspondencia entre un joven marroquí –de ahí el título de la obra—, Gazel, su maestro en su país de origen, Ben-Beley, y el amigo español del primero, Nuño Núñez. Precisamente, la necesidad de Cadalso de crear un narrador principal suficientemente neutral le obliga a que este deba ser extranjero para tratar los temas nacionales con esa distancia mencionada (el “filtro objetivador” que menciona Albiac [Mainer 598]). Pero Cadalso trata de evitar que este autor interpuesto sea de origen francés o inglés, o de otros países del norte de Europa, lugares todos bien conocidos por el autor e inmersos en aquella época en la elaboración de la denominada “leyenda negra” y de los que el autor reniega varias veces: en la carta IX por las críticas a la conquista de América por parte de personas que justifican la esclavitud, en la carta LVII por no considerar relevantes a las figuras del medievo y el renacimiento español, o en la carta LXXIV, cuando critica a los extranjeros por desconocer la historia de España y pretender arreglar el país. Por estas razones, Cadalso se obliga a hacer que el cronista Gazel sea marroquí. Construye pues al narrador desde el orientalismo (Mainer 128), y trata de elaborar una mirada neutral desde un territorio que tiene más en común con España de lo que un ilustrado como Cadalso pensara después de ocho siglos de convivencia cultural. El autor separa claramente en el prólogo lo europeo de lo africano, y esa es una idea que no veo ni mucho menos tan clara.

Por lo que respecta al papel de la ciencia en el texto, es notable, y aquí se gana Cadalso su fama de ilustrado que choca en parte con el proyecto claramente romántico que presenta en las Noches lúgubres. La adopción de los elementos científicos propios del epistema ilustrado, sin embargo, se introduce de una forma sutil y muchas veces irónica, pues Cadalso tiene que lidiar con la todopoderosa Inquisición y sus argumentos no pueden ser claros o frontales si pretende evitar la censura, de la misma forma que, como afirma Albiac (Mainer 250), esconde su agnosticismo (dicha crítica menciona que para el propio Cadalso la intención principal del libro debe quedar oculta y ha de ser el lector quien la encuentre por sí mismo [Mainer 601]). Pero la crítica del atraso científico de España y el intento de adoptar ideas ilustradas son manifiestos. En la carta IV, Gaziel afirma: “¿Hablas de ciencias? En el siglo antepasado, tu nación [por España] era la más docta de Europa, como la francesa en el pasado y la inglesa en el actual” (76). El envejecido canon literario y filosófico se muestra en carta XXXII. En la carta LXXVII este atraso científico se presenta como la causa de la decadencia en las artes y las letras. En la carta LXXVIII el autor defiende a capa y espada la necesidad de desarrollar las matemáticas y las ciencias experimentales –en concreto, la física—, y presenta el verdadero problema de la educación de las ciencias experimentales en España, practicada de puertas a dentro por los docentes universitarios que “estudian a Newton en su cuarto y explican a Aristóteles en su cátedra” (232). Y en la carta VI reitera su posición afirmando que quien se dedica a las ciencias en la Península se muere de hambre. La crítica a la falta de educación en España va a continuar en las cartas, y se conecta al atraso científico y a otras quejas contra la nobleza hereditaria (carta XII), la religiosidad del pueblo español y su “desprecio a la industria” –con la excepción de los catalanes— o el apego de sus pensadores al aristotelismo (carta XXI), y la continua mención a un atraso de siglos en las costumbres populares (carta XLIII), todos puntos de vista ilustrados. Ese ideario se sintetiza en la carta LXIX, en la que Gazel habla de un viaje al sur de Madrid y describe su encuentro y la hospitalidad recibida de manos de un terrateniente castellano como un claro relato utópico, muy común en la época, en donde a la actitud claramente racional y proclive a las ideas ilustradas del amo en sus juicios y acciones, se une la ausencia de figuras eclesiásticas en la propiedad. Para Albiac (Mainer 305), este terrateniente es el ejemplo mismo del hombre ilustrado, aunque se le critique por su falta de implicación en el gobierno del país (carta LXX), y representa el modelo moral laico que propugna Cadalso. De hecho, hasta el texto muestra una estructura cartesiana, con una presentación inicial del ámbito español y una posterior estructura de progreso y reiteraciones en el contenido (Mainer 599).

En este sentido, Albiac ve en el texto un compendio ilustrado, pero yo considero que hay fisuras que permiten avanzar los distintos prismas que Cadalso desarrollará en toda su obra. En mi opinión, el pensamiento de Cadalso es más complejo y explica su desarrollo posterior hasta las Noches lúgubres, donde derivará en la adopción de un incipiente romanticismo. Esta complejidad se observa ya en la carta III, donde el autor presenta el problema de la decadencia de España, pero lo hace desde el amaneramiento y la falta de hombría en los dirigentes y reyes españoles. La tradición ilustrada europea, aunque sumamente machista, no se hubiera empleado en estos términos, sino que lo hubiera hecho desde el epistema de la racionalidad y el estatus de los hombres libres (que no de las mujeres libres). Este argumento, que podría justificarse desde una cierta barbarie endosada a Gazel como africano, y también al hecho de que Cadalso era militar, no deja de ser un síntoma que trasluce ciertos valores de arrojo y valentía, que van a ser más propios del romanticismo que del Siglo de las Luces. Son este tipo de valores los que llevan al autor a encontrar las causas de la decadencia española en la carta XLIV de boca de Nuño, el amigo español de Gazel, y que hacen que en la carta LVI uno de los personajes que los protagonistas de la correspondencia se encuentran se pregunte: “¿Qué dirán de nosotros más allá de los Pirineos?” (181). Estos argumentos entroncan a Cadalso con los filósofos ingleses y su lectura del desarrollo de las naciones a través de sus manifestaciones de poder mucho más que el idealismo ilustrado, lo que incorpora más matices al pensamiento de Cadalso, pues si bien estos filósofos, como Francis Bacon, van a convertirse en las voces fundacionales de la modernidad, aún están bajo el influjo del pensamiento renacentista. Los matices continúan en la carta LXVII, en la que Cadalso se mofa de los denominados violetos, personajes que tienen cierta erudición, que utilizan para lucirse en los debates populares, y que según Cadalso, inician su parlamento siempre con una cita en latín, cosa de la que se burla en la carta. En definitiva, un estudio de las Cartas marruecas muestra al texto como uno de los ejemplos de la introducción de las ideas ilustradas en España. Pero también permite observar la complejidad del pensamiento de Cadalso, que nos ayuda a comprender su obra en su conjunto y sus desarrollos posteriores.

 

Obras citadas:

Cadalso, José. Cartas marruecas. Barcelona: Plaza y Janés.1984.

Mainer, José Carlos. Historia de la literatura española v. 4, a cargo de María-Dolores Albiac. Barcelona: Crítica, 2011.

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